Disquisiciones sobre la habitabilidad | Myriam Goluboff

La mayor parte de las viviendas son, en este momento, muy poco adecuadas para absorber la actividad de todos los miembros de una familia. La situación no se ponía en crisis por ser, la nuestra, una sociedad acostumbrada a que la vida social se haga fuera de ellas.

Se valora en exceso y se comenta como virtud y muestra de capacidad económica, la cantidad de baños en una vivienda, hasta uno por dormitorio sin pensar que ocupan gran superficie y están utilizados un mínimo de tiempo. Esta profusión de baños es símbolo de status, pero no aporta habitabilidad.

Las habitaciones, que no son grandes, están, en casi toda su superficie, ocupadas por muebles, y dejan muy poco espacio libre, apenas para el paso y no dan margen para vivir ese espacio de otra manera.

La valoración excesiva de lo individual y el miedo a que no se mantenga la deseada limpieza, impide una comunicación más libre dentro de las viviendas.

Que cada niño o niña tenga una habitación con cama, ropero y escritorio dentro de ella, quita posibilidad de uso del espacio para   actividades en común. Una habitación con la cama alta y los roperos fuera de ella, el compartir la habitación para dormir por los hermanos, permitiría crear espacios libres para juegos no sólo en este momento de crisis, sino en tiempos de vida “normal” La libertad de apropiación del especio permitiría estar dentro de las viviendas sin la sensación de confinamiento que. en las condiciones normales de la mayoría, resulta inevitable.

Esta sensación viene dada también por la falta de hábito de interactuar con los otros miembros de la familia, por el hábito de que la relación con el exterior se logra en forma individual a través de la pantalla, más unidos a un mundo virtual que al mundo real. Eso se exacerba por una enseñanza que mantiene a niños y jóvenes en aulas estáticas en las que es pecado hablar y con actividades socializadoras que implican gastos extras.

Del inmovilismo en el colegio, la pantalla en la casa, y el botellón como comunicación, derivan los problemas, de la vivienda, de la ciudad y de la sociedad.

Hay muchos más bares que lugares para que haya actividades en común con libertad, espacios para tocar música, para bailar, para hacer trabajos creativos, para leer. El problema del coronavirus pone en crisis un sistema que no tiene margen físico donde desarrollar una vida rica en común.

Tal como está hoy el problema, no parece tener solución.

La solución exige otro sentido de la ciudad, de la vivienda, de los equipamientos, de la naturaleza. El coronavirus es la manifestación física, terrible, que pone en evidencia y en crisis esa deshumanización de la sociedad actual, aquí y ahora.

Myriam Goluboff Scheps
Arquitecta
Profesora xubilida de Proxectos da ETSAC

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